Lejos ya de todo, lejos hasta de mis orillas, las orillas de mis sueños. Porque no sueño si siento y puedo asegurar que es cierto... Y hoy basta de poesía.

Miedo a sentir, sentir es poder, poder decir, que si, que es poder, poder es saber, y se que lo soy, soy un imbécil, imbécil como sinónimo de iluso, ilusiones de un día, un día voy y me tiro, me tiro por un barranco, el barranco donde tú, tú y yo, yo y ¿quién? Tú..., tú y yo miramos, miramos las nubes un día, un día lo dejo, dejo de pensar, pienso que temo, temo como sinónimo de miedo, miedo a sentir... Y vuelta a empezar.

Me voy a escapar.

Mi ventana


Me asomo por la ventana cada día y comparto miradas con algunos rostros sonrientes. Cada semana hay uno o dos nuevos, que van pasando alrededor de la estructura de mi ventana. Y se me antoja eterno volver la vista al interior de la casa, que anda vacía o muy poco llena. A penas existo yo, a decir verdad.

Pero por días creo más real poder cerrar la ventana. Y cuando voy a hacerlo un nuevo rostro me despista. A veces hablan, e incluso llaman a la ventana intrigados por las pintadas en las paredes exteriores. Entonces me asomo a mirar y parlamento unos segundos. Me gusta su voz, me gusta su rostro... Quizá quiera entrar a tomar algo, quizá le gusten los cuadros que he colgado en mis paredes. Quizá... mientras pienso todo esto, decida marcharse.

Y eso parece, pues sus pies alzan su andadura y va desapareciendo en torno al cerrojo de los cristales empañados. Cristales que aunque se mantengan recios, están rotos por dentro.

Y así, día a día, me convierto por unos segundos en un deseo, que deja de ser deseo al repicar la marquesina, y entonces me marcho a alzar la andadura en busca de nuevos rostros en nuevas ventanas. No convencido, me enamoro de la belleza por unos minutos, a veces incluso por unos días... Y después se marcha, porque en el fondo, no es un arte compartido.

Pero después de todo vuelvo a casa y miro por la ventana. No hay rostros de noche, cuando hace más frío y la soledad se hace más sonora en el silencio. Entonces me doy cuenta de todo.

Visceral


He visto sin decir palabra. He escuchado todo lo que tenía que escuchar, y es tan cierta esa verdad que debo estar agradecido. Crítica constructiva o destructiva, pero realidad sobre todas las cosas.

Si fuera un cazador no cazaría osos o panteras, cazaría mariposas que son efímeras en su propia existencia, pero catastróficas en su aleteo por el mundo. Creando maremotos a kilómetros de distancia.
Así tendría el arma más letal del mundo. Efecto mariposa.

Si yo fuera viento viajaría por costas desérticas; aquellas que me recuerdan que nunca se está solo, pese a la soledad. Y si fuera otra persona... No, no quiero ser otra persona.

Si fuera gota posaría sobre los pétalos de una ninfa, para reflejarme y reflejarla en las aguas estancadas de algún lago marginado. No hay nada más poético, o algo más sutíl... Si las aguas estancadas son como la razón de un mortal que ha perdido su rumbo, sean entonces sus ojos la esencia de esta prosa.

Y si fuera noche decidida, dibujando una luna roja sobre mi eterno mar de estrellas, velaría por aquellos que me han tendido la mano de verdad. Porque el fuego de mis noches se parece al impulso con el que a veces me levantan. Y los necesito, como noche a los astros que adornan e iluminan su oscuridad demente.

Pero estos versos son solo impulso, llenos de verdad, pero impulsos al fin y al cabo. Dejar de pensar es lo que hace que se me hielen las manos, me sude la frente y se llenen de fuego mis pupilas. Y tiemblo de miedo al pensar, aunque no deba. Debo, se que debo adiestrarme. Para convertir mis temores en objetivos y alcanzar un equilibrio parabólico. Parábola... ¿Ser o no ser?


Mis instintos más viscerales.

Conversaciones del "Yo" al "Ello"


Estando las dos sombras sentadas una frente a la otra, junto al ventanal de aquella oscura y hermosa habitación, una de ellas decide comenzar a hablar:

- Y qué mas da hoy lo que pensaras tú ayer. El problema nunca fue mío. Ahora tienes miedo; miedo a que sepa volar sin tus alas tapándome el sol. Miedo a que sepa sonreir sin necesidad de mirar tu sonrisa. Miedo... Eso es lo que tienes ¡Miedo!

- ¿Miedo? Nunca he entendido el significado de esa palabra, y si te digo la verdad, nunca me ha interesado. Yo nunca he tenido miedo, porque nunca he sufrido. Porque yo, que no soy "ello", sigo sin hacerlo. No pretendo ser otra cosa más que sombra de mi propia sombra, y eso es lo que soy... Una sombra.

- ¿Entonces es que nunca quisiste? Si no has sufrido es porque no has amado. Yo he amado, y te aseguro que es la mayor de las pérdidas. Cuando no conoces su significado vives de ilusiones, ahorras pasos en un aprendizaje forzado. Pero cuando lo conoces... ¡Oh amigo! ¡Cuando lo conoces no puedes escapar de su sombra! Es una sombra, si... Eso es el amor, una sombra.

- ¿El amor? ¡Nadie ha hablado de amor! Yo hablo de los sueños... De virar tu mirada y alzarla a las estrellas, y saber leer en ellas... Y contemplar tus sueños, los que vienen y los que están por venir. ¿No es bonito soñar? Soñar... Sí, soñar. Y cuando sueñas y despiertas, esos sueños solo son sombras... Sí, un sueño es una sombra.

- ¿Cómo es posible, que tú, siendo ello, no puedas percibir esa verdad que es palpable ante tus ojos en este mismo momento? Yo soy yo, y amo, y sueño... Y todo esto es una sombra a su vez. Entonces yo soy una sombra. Sí, soy una sombra...

- Entonces yo, que soy ello, y ello refleja que tú y yo somos el mismo... Soy una sombra. Sí, una sombra.


Ambas se miraron, cómplices umbrías en todo momento. Entonces yo me pregunté, observándolas desde una amplia distancia en esa misma habitación.

Si yo amo, y sueño, y estoy seguro de que yo soy yo... ¿Entonces yo soy una sombra?

Sí... una sombra. Yo soy una sombra.

Frío


Si prefiero no escucharte tápame los oídos y susurra solo a mis ojos. Si algún día no quiero hablarte dedícate a besar mis labios sin palabras de por medio. Si no comprendes esto que digo, simplemente mira... ¿Qué ves?

Desde los más lejanos recuerdos nunca admiré a las estrellas por su altura; la luna me daba miedo y la luz del día me traía aromas de días próximos, como si yo supiera lo que la predestinación significa. Y lo se, es una locura pensarte siquiera, aunque tu aroma siga impregnado en mis fosas nasales, porque sigo sin saber predestinarme. Después de todo no ha cambiado nada, o quizás muy poco.

Eres el foco, de mis objeciones, de mis retenciones, y hasta de mis suspiros. Inconsciente si he de llamarme a mí mismo alguna vez. Impersonal por perderme en lagunas de memorias... Aunque lo se, no hablo por hablar... Yo se que no estás.

Así que prefiero no escuchar cuanto me quieres, si algún día llegas a hacerlo. Si algún día me quieres y decides llegar a tiempo. Prefiero no escucharlo por pensar que no es para siempre. Aunque lo sé, lo sé... Siempre decimos lo mismo. Nos reiteramos entre las cejas y fruncimos la comprensión como se fruncen los retales de un acordeón.

¿Y por qué? Por nada; por absolutamente nada.

Quedo frío y en estática si te miento, y miento si digo que no puedo elevarme como tú, pero no quiero, que es la diferencia entre los dos. Una batalla perdida.

Casi no encuentro la razón de este pesar. Necesito aire en el pulmón como un soplo a la gaita que llama a sonar. Y no tengo melodía sin tus suspiros, que son suspiros de nadie. Porque solo es una sombra lo que anhelo, y lo que deseo, y lo que busco es tan gris que a penas se si busco o no. Mis pupilas se han clavado en la oscuridad de tus aguas, que de noche llama al rumor de unas olas pesadas y atractivas, atrayentes, y me llaman. Y yo no voy; no voy porque temo, y no se de que temo, pero temo tanto que no me muevo. Mis pies se han congelado en una noche cerrada. Y se ha cerrado la puerta, por tal es que yo... Ni atisbo a ver la lucidéz de tus encantos.

Y sueño contigo, desnudo, pero a penas sueño, porque al abrir los ojos solo hallo el calor de mis sábanas, mi propio calor.

Escucho alrededor historias de amor, concilio y complemento. Sujeto y predicado todo junto. Y yo no tengo ni un solo adverbio para responder. A veces enmudezco, porque me falta el habla, o porque me estoy convirtiendo en un eco de extremos recuerdos. Si es que recuerdo, porque a penas me acuerdo de si recuerdo. Y tu nostalgia se enmarcó en algún marco de mi habitación.
Cuadros, rombos y óvalos, llenos de temor, inseguridad y desnudez.

Si no he gustado, pido disculpas. Si no he llegado a rozar tus labios, debes saber que no fue por falta de ganas, pues me hallaba ansioso cara a cara con tus ojos... Debes saberlo; si no lo hice antes fue porque desapareciste, decidiste...

Y yo, ¿Qué hago? ¿Mutilo al subconsciente o tomo consciencia?

Soberbias de amantes rotos, amantes destruídos y llenos de venganza; reclamo de corazones y pasiones contenidas en calles estrechas. Ese es el día a día.
Las noches se vuelven de tres equis y las consignas de la amistad se vuelven enfermizas. Porque la amistad de noche deja de existir. Y es que, sin embargo, somos parte de un cubo de entramados sexistas y sibaritas.

Oigo un "te quise" y yo respondo "pero elegiste a otro". Escucho de nuevo "porque estaba confuso" y respondo "y decidiste aclararte de lleno"... Y así, fantásticas y utópicas conversaciones que llenan el vacío de un alma repleta, son el guión de la locura de quien escribe estos versos. Esta prosa. Este dilema. Esta farsa. Estas luces nocturnas... Son luces de bohemia.

A mi no me falta pluma ni tintero para narraros palomas negras sobre un cielo blanco.