
Casi no encuentro la razón de este pesar. Necesito aire en el pulmón como un soplo a la gaita que llama a sonar. Y no tengo melodía sin tus suspiros, que son suspiros de nadie. Porque solo es una sombra lo que anhelo, y lo que deseo, y lo que busco es tan gris que a penas se si busco o no. Mis pupilas se han clavado en la oscuridad de tus aguas, que de noche llama al rumor de unas olas pesadas y atractivas, atrayentes, y me llaman. Y yo no voy; no voy porque temo, y no se de que temo, pero temo tanto que no me muevo. Mis pies se han congelado en una noche cerrada. Y se ha cerrado la puerta, por tal es que yo... Ni atisbo a ver la lucidéz de tus encantos.
Y sueño contigo, desnudo, pero a penas sueño, porque al abrir los ojos solo hallo el calor de mis sábanas, mi propio calor.
Escucho alrededor historias de amor, concilio y complemento. Sujeto y predicado todo junto. Y yo no tengo ni un solo adverbio para responder. A veces enmudezco, porque me falta el habla, o porque me estoy convirtiendo en un eco de extremos recuerdos. Si es que recuerdo, porque a penas me acuerdo de si recuerdo. Y tu nostalgia se enmarcó en algún marco de mi habitación.
Cuadros, rombos y óvalos, llenos de temor, inseguridad y desnudez.
Si no he gustado, pido disculpas. Si no he llegado a rozar tus labios, debes saber que no fue por falta de ganas, pues me hallaba ansioso cara a cara con tus ojos... Debes saberlo; si no lo hice antes fue porque desapareciste, decidiste...
Y yo, ¿Qué hago? ¿Mutilo al subconsciente o tomo consciencia?

